jueves, 20 de junio de 2013

MADRELOCA I - “Qué hice?!” #madreloca

Pregunta: hay otras madres que dicen: “pero, qué hice?” O es que soy la peor de la Historia? El culpo, a lo Rep. Hasta ahora se me pasó varias veces por la cabeza esa pregunta. Por ejemplo el otro día, de forma graciosa, mientras limpiaba la primera caca sólida de mi hijo. El maldito día llegó, y quedan un par de años de limpiar mierda ajena, que ya no es lo que hoy parece: de rosas, aquella caquita producto de un poco de leche digerida. No, señor: esta es a lo adulto. Te querés matar. Chiste. Lo heavy es que la pregunta, que estrangula de culpa, viene también en días difíciles. Como vino, a modo de ejemplo también, la primera noche de fiebre.

Nueva dimensión
Por GS
BsAs, marzo de 2013





La primera noche de fiebre pensé que no iba a poder resistir la intensidad con la que me hacía sentir ese ser. Que, “qué hice?!”, me dije. Si ni siquiera terminaba de poder conmigo misma, y ahí estaba alguien que dependía cien por ciento de mí. Que, “qué hice?!”,me repetía, mirando el cuerpito caliente. Una vez, cuando estaba con una panza enorme, escuché a mi suegro decir lo siguiente: “Para el que no está bien del marote, tener un hijo es un campo fértil… un camino a la locura”.

La primera noche de fiebre Facundo tenía treintiun días. Eran “sólo” 37,8 grados… pero mi instinto me hacía sentir que era de lo peor que me había pasado. Recordaba sólo dos noches peores a esa en mi vida.  Mi pareja, casi todo el mundo en sí, hasta yo, no creemos en eso de los instintos. Y menos aún cuando la definición dice que: fiebre es superando los 38 grados. Cuando unas horas después la pediatra nos mandaba en un taxi a internarlo, miraba a mi pareja pensando: "Vos te creés que quería tener razón, pelotudo?”

La primera noche de fiebre lo terrible no era sólo la fiebre, sino sentir y no poder explicar que había que reaccionar distinto a pañitos en la cabeza, y que encima te dijeran que estabas loca. Fue una dura y temprana experiencia, que me hizo dar cuenta que mi hijo tiene que estar primero que las opiniones de todo el mundo, y como es eso: mi hijo, yo decido cuando y como reacciono. Esa noche quedé atada al miedo de terminar en una guardia, diagnosticada yo de: madreloca.

La primera noche de fiebre estuve loca en dos sentidos. Una fue la que describí en el párrafo anterior, una etiqueta de loca que me puso mi pareja, y temí me la pusieran más personas, pero ya la tenía. La otra fue en el sentido que cite arriba que decía mi suegro. Por un ratito caminé por un borde y creí que no iba a poder, no con esa noche, sino todo lo que se me venía. Creí que me había metido en un asunto demasiado grande para mí.  Cómo iba a poder soportar todas las veces que lo iba a ver sufrir, cómo lo había traído al mundo sabiendo que: “la vida no es manteca” al decir de mi amiga, cómo iba a lidiar con la intensidad que, palpaba por primera vez tan bien, me iba a generar su existencia. Cómo todo eso?

La primera noche de fiebre tuve que volver de esas profundidades, a las que me había llevado el miedo. Miedo no a esa noche, sino el miedo de la toma de conciencia de todo lo que me esperaba. Mientras lloraba sola en el lavadero, por todo el panorama que me pintaba de por vida, y levemente recordaba que había empezado a llorar  porque no me animaba a agarrar al bebé y llevármelo a un hospital sin el consentimiento del padre. Tuve que emerger, distinta, para siempre, me parece. Tuve que sacudir sensaciones paralizantes y recordar que la depresión posparto es una realidad, pero no la mía, porque tenía que cuidar a mi hijo. Lo tenía que cuidar de la fiebre y de todo lo que pueda, y de lo que no también. Lo tenía que cuidar de por vida, mientras me lo permita, y cuando no también.

La primera noche de fiebre, cuando ya casi amanecía, y después de aquella lucha interna conmigo misma, tomé en brazos el cuerpito debilucho de mi bebé, una mochila y salí. Salí sin miedo, sin estar enojada con el padre porque no lo compartía, al fin y al cabo no tenía porque seguir a una loca. Salí sin importarme las etiquetas. Salí enojada conmigo, al sentir ese calor malo en mi regazo, por no haberlo hecho antes. No camine ni cinco metros y mi compañero estaba detrás mío, a las puteadas, pero estaba, como siempre.

Seguro va a regresar muchas veces la pregunta. Y voy a tener que pelearme conmigo y con el mundo. Y voy a tener que recuperarme por y para mi hijo, y  por y para mi misma. Lo importante será poder emerger, volver a estar. Lo más importante no tiene que ser la culpa que cause la pregunta, o al menos es lo que digo como justificación.

El “qué hice?!” vendrá, inevitablemente, entre risas o entre miedos, como chiste o de verdad. No me queda otra que aprender a vivir con tan magna contradicción, de que a la vez: Facundo es lo mejor que hice.


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