jueves, 18 de septiembre de 2014

Vacaciones 2014 - Post adeudado / #fotosquehablan II

“Mi amor, estuve pensando y en esta beta masoquista que nos ha dado, con esto de ir a Villa Unión en enero y a Iguazú en febrero, podríamos ver esos grupones a Ushuaia para el próximo julio…” Dixit el #ponelemarido
Si…

Amor en la Triple Frontera
Iguazú, febrero de 2014
Villa Unión es el pueblo donde crecí y el enero pasado estuve con mi familia, fuimos a pasar año nuevo y quedarnos unos diez días. Es en La Rioja, al oeste de la provincia. En enero puede hacer hasta cincuentidos grados, reales.  De la térmica al asfaltito ni te hablo y los árboles son arbustos de climas áridos cuya sombra da para apenas sobrevivir. Una siesta salimos a por helado, eran tan solo tres cuadras, parecíamos Speedi Gonzales en busca de los dichosos arbolitos que creíamos oasis. Cuando llegamos a la heladería y el ponelemarido me propuso entrar diciéndome, casi excitado, que había aire acondicionado, le respondí: dejame afuera que después cuando salís parece que te metés a un horno, te arde la piel y sentís que vas a desfallecer. A la sombra del local y quieta, muy quieta, estuve digamos que bien. Esperando me puse a recordar que en la adolescencia no pisaba esas siestas porque dormía unas cinco horas de tarde, pensaba en eso cuando salió con los helados chorreándole en las manos y reconociendo que jamás debió haber entrado: la próxima pedimos desde la puerta, y ahora cómo volvemos? La casa de mi madre está bien equipada pero sus techos son bajos y cuando vas a dormir la siesta con el aire puesto en quince grados te creés un bacán, afuera el pueblo arde, pero a unos minutos de acostarte empezás a sentir como que tenés una estufa en la cabeza. Los techos y las paredes irradian un calor que parece dirigido a tu cerebro a propósito. Mi madre, empecinada y hermosa anfitriona, se ha propuesto encarar una flor de obra para generar un colchón de aire en los techos, creo que quiere convencer al yerno de que le dé otra oportunidad a La Rioja en verano. Por lo pronto, el yerno, ha aprendido a reírse con eso de que en Buenos Aires el calor es peor por la humedad: andá a Villa Unión en enero, te contesta. Pasado los cuarenta grados reales la sequedad es un dato malo, no bueno, parece el futuro con la guerra del agua perdida. Más allá de eso mi pueblo tiene otras magias menos secantes, pero eso queda para otra vez. Y el crío la pasó hermoso con su añito recién cumplido, todo todo el día a upa, miles de tíos payasos y babosos que le hacía la vida divertida, al punto de que cuando aparecíamos los padres se ponía a llorar: éramos lo aburrido. Con todo, quiero vivir esos eneros, “que me pertenecen”, muchas veces.

Iguazú, si, si, de ese se sabe más, en Misiones, las cataratas, la triple frontera, la mar en coche, o el río en lancha! Iguazú en febrero es una sopa, sopa. Yo me llenaba la boca diciendo de los calores ardientes y secos pero tan tan furiosos de los veranos riojanos, y de las temperaturas más bajas pero tan asfixiantes del húmedo, humedísimo, verano porteño donde la presión va por el piso. Me quejaba de esos dos veranos conocidos… hasta que los añoré: al conocer Iguazú en febrero. La sombra, que es alivio el los climas secos, da lo mismo. Y la presión allí va por algún subsuelo. El crío perdió el apetito totalmente, hizo una otitis y un día lloro todita la noche, cuando no lloraba parecía un globo pinchado, hicimos la excursión a las cataratas con el pibe loco y una mochila que pesaba mil kilos porque yo quería “estar preparada” para cualquier cosa. En un momento el ponelemarido me dice con las manos todas sucias si no tenia un jabón, realmente lo necesitaba, pero cuando le pase un espadol empezó a putearme. Los paseos por los senderos a desniveles fueron infernales con el carrito de bebé, el crío lloroso que no quería carrito, nuestros humores, nuestras transpiraciones, la bendita mochila, el agua que se acababa y allí valía cincuenta pesos una minima botellita, y cosas por el estilo. La parte final mejoró, en el trencito que va a La Garganta el crío se durmió, los senderos más amables y nivelados de ese recorrido nos permitieron tenderlo frito en el, hasta el momento al pedo, cochecito y poder disfrutar algo, durmió todo ese último tramo, y al despertar el humor estaba mejor y se puso optimo cuando nos metimos vestidos y con pañales en el mejor invento del parque: unas duchas de las que salís como nuevo, hasta que se te calienta la ropa mojada en el cuerpo y volvés a sentir eso de: me metí en una sopa hace días!!! Igual: precioso Iguazú! El pueblo hermoso y las cataratas lo más magno que han visto mis ojos hasta ahora, hablo puntualmente de lo que me generó La Garganta del Diablo… cuanta el ponelemarido, ya que fuimos de a uno mientras el otro se quedaba con el crío dormido al costado y yo fuí primero, cuenta que regresé con la cara de quien ha visto algo inconmensurablemente hermoso, pero más que hermoso es eso otro: inconmensurable, y no se trataba de tamaño sino de otra grandeza: la que se desprende de la fuerza. Quiero volver a allí muchas veces.

(…) podríamos ver esos grupones a Ushuaia para el próximo julio…” Dixit el #ponelemarido
Si…


La Rioja, enero 2014:
















Iguazú, febrero 2014:



















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