lunes, 1 de diciembre de 2014

Viaje estrellado

Hace pocos días hice un viaje a mi pueblo de la infancia con mi hijo, solos. Es su tercer viaje allí, pero las otras veces habíamos ido acompañados del padre. Algo pasó que me topé con más que estar unos días lejos de la rutina.

Voy a hablar de que nunca mis idas a ese lugar pasan sin pena ni gloria. Las penas suelen venir de la mano de la nostalgia descomponedora de panzas, de la imposibilidad de retrocede el tiempo y con eso un montón de lugares sentimentales comunes que se me representan cuando al verme allí tengo que afrontar la decisión de haberme ido, ergo no haber transformado el que era mi sitio. Se apodera de mí la idea de que de allí: huí. Y al escapar algo se detuvo. A la vez el tiempo pasó para todos, más para los muertos, y me encuentro al volver con esa sensación de realidades paralelas y no de continuación, que me dan mi vida en la ciudad y estos recuerdos. Angustia. La gloria suele ser -regresando a mi hoy- ver desde el avión este amontonamiento de seres y reafirmar mi amor por este mar de posibilidades que no uso, pero que tengo la tranquilidad de saber ahí. Suele. 

Voy a hablar de lo que llevé en la mochila y de que no sé que traje. Lo de la valija no importa, era enorme, pero la ropa del crío ocupa muy poco lugar, y casi toda la mía era la que no uso e iba a dejar en la casa materna. Otra prueba de que bordeo los treinta es que de lo que uso ahora: apenas tres remeras y una calza. Luego la valija volvió con nueces y una enorme olla essen que me regalaba mi madre. En la mochila: pañales, mudas de bebé, mamadera, leche, cereales, manzana, mi neceser botiquín, la cámara de fotos, pelotasbrillanteschinasquehipnotizanniños compradas en el once, una gatita de la cajita feliz y la billetera (pensé que necesito un e-book dado que ya no hay lugar para libros formato convencional). No sé que traje, lo mismo, pero juro que pesaba mucho más. Se había llenado de esas nostalgias que no tienen formas precisas, o no se las quiero dar...

Voy a hablar de una noche en la que volví a fumar, beber y bailar como una adolescente. Fueron varias noches y la más significativa, obviamente, un sábado. De esos sábados de los que antes había centenas, ahora había uno en años y yo era otra. Algo de las emociones y los olores de la adolescencia, pero sin los miedos de esa puta etapa. Con otros miedos, pero con algún mínimo caudal de seguridades.

Me ví mujer bajo el cielo más bello que recuerdo y seguí tres estrellas fugaces con el corazón. Conté esa noche que desde que nació mi hijo se me ha simplificado la cosa, que ya no se me pasan las muy guachas tan rápido que no puedo pedir nada. Desde que nació él tengo un botón para momentos así y siento: que mi hijo sea feliz, recitar en mi interior. Compartí esa clave mágica -no se trataba del secreto de contarlo, porque podría hacerlo en un blog-, era el hecho de decirlo allí, bajo ese cielo tan hermoso, para que en la próxima estrella que viésemos volar sobre nuestras cabezas, cosa que iba a ser en minutos, sea el otro ya poseedor de más rapidez que la de la luz, cosa que sólo es posible porque ya padres el amor empieza a ser diferente, a poderlo todo, a ser más simple.  

Luego me fui, estrellada, a bailar y a beber. Llamada mediante -para confirmar que esa noche tenía varios años menos-, cual pendex desesperada en búsqueda de un porro. Esto porque con la panza llena de birra no se puede bailar sin ir a orinar cada cinco minutos, porque las bebidas blancas me han dado malas experiencias, porque de vinos ricos no sé y el champán está caro. Llegué tarde y ya se habían fumado el único porro del pueblo. Entré al histórico/único boliche, de músicas añejas -que mi prima de diecinueve dijo: no entro allí, la música es de viejos-. Entonces entré sintiéndome vieja y lo confirmé pidiendo en la barra una spriteconlimón, localicé amigos, salí a la pista, agarré un balde de cerveza, un pucho de nicotina, sacudí los rulos, me hice una cola en el pelo altísima, bailé: tuve diecisiete. 

Voy a hablar de no extrañar, cosa que me pasó siempre, pero esta vez sin culpas. Esta ciudad y mi mundo aquí -dícese también los seres que me esperan en ella-, son un imán para mi ser romántico, el lleno de deseos, pero también para mi ser pragmático. Hace años asumí eso. Es la primera vez en más de una década que siento que: el lugar del que huí es otro imán para una parte de mi ser en el que falta pragmatismo. ¿Pasará eso siempre que escapamos? Cuando vuelvo a mi pueblo me extraño a mi misma en la seguridad de mis elecciones, las que hacen a mi vida en esta ciudad, pero no extraño el contenido. Eso me llena de culpas por lo general. Ésta vez no hubo culpas, pero si la sensación de dos polos.

 
Villa Unión, La Rioja
Argentina
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4 comentarios:

  1. Somos un poco eso, polos, despues de ser madres, pero somos mucho mas. Somos muchas, somos mas. Somos una contradicha, desarmada y vuelta a armar. Todas, todo el tiempo, aqui, alla y acuyá.

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  2. Ey! qué lindo leer esto! me encantó. Vivo en ciudad prestada hace 19 años y siempre hay un pago chico al que se vuelve de visita. Hace 5 años volvemos con una hija que se quiere quedar allá, con primos tíos y abuelos. Hija a la que las posibilidades al alcance de la mano no le significan lo mismo que a vos o a mí. Hace mucho que no salgo a bailar pero sí siento que cuando vuelvo soy hija de nuevo. Me relajo en el cuidado de los demás. Siento los dos polos como vos decís. Bueno nada, me identifiqué mucho leyéndote y me hiciste pensar mucho en esto de ir y volver. Un beso

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    1. Flor, cuando veo en el pueblo a los niños en bicicleta y libres por las calles pienso en si no le estoy quitando algo al piojo, sé que pronto se va a querer quedar. Y lo de "sentirse hija", es tal cual!!!! Abrazo!

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