miércoles, 14 de enero de 2015

Mis diciembres para siempre

Me gusta cumplir años el último mes del año. Terminar varias cosas por esos días, terminar una edad, el calor, las fiestas, el cierre de ejercicio laboral, fin de cursadas, despedidas, en medio del bolonqui cumplir años. Me encanta.


Cuando iba a nacer el crío no calculé las cosas. Me entusiasme con la idea del embarazo un verano de paseos a montañas jujeñas y caminatas por playas desiertas en el Uruguay, me entusiasme en esos escenarios.

Recuerdo que no era el mejor momento como pareja, pero si lo sexual funciona, lo mejor de eso puede salir cuando a Susanita le dicen que es el amor de la vida y que quieren tener hijos con ellas. Se embarcó.

Empezaron a aparecer los chistes de los nombres. Fue en Valizas, allí conocimos a un hippie del hostal más inmundo y simpático, no había lugar adentro pero nos garantizó la carpa en el patio, estuvimos solo un día porque  en pocas horas mi pareja evitó que la cabaña se incendiase dos veces, igual le pedimos que nos recomiende donde ir a comer -valientes- y nos mandó al lugar más rico y  barato. Se llamaban Simón, el hippie, y Carmen, la cocinera. Nuestros probables futuros hijos se llamarían así. El nombre de varón fue descartado ya embarazada, porque nos dimos cuenta que quedaba muy rabino con el apellido, el de mujer aún es mi sueño si un día tengo una niña.

Bueno, no quedé embarazada en Valizas, pero allí dejó parecerme una locura. Era febrero. Descuidito va, descuidito viene, en abril: clin caja. Sin querer queriendo. Ponele.

El 27 de abril, ya sabiéndolo, me hice el test. El padre chocho, yo en pánico. Él estaba más seguro. Nunca olvidaré la fecha, porque después nos fuimos a uno de los actos políticos más lindos que hicimos en nuestra época: la juventud llenaba el fortín, y lo rodeaba explotando las calles al grito de: Néstor no se murió! Por la fobia que me causaba tanta gente en ese estado -estado no el embarazo, sino el impacto del test recién hecho- nunca llegamos a acceder. Vimos a Cristina por las pantallas, como otros tantos miles. Y lloré como loca, nunca me había pasado, así que no sé bien cuál era el motivo. Pensaba que no estaba segura de querer tener un pibe, pero que si estaba viniendo iba a tener la suerte de ser argentino, eso recuerdo que se me cruzaba, pero seguro había más.

Unos días después la ginecóloga me dió la fecha probable de parto, la famosa FPP: 26/12. Lo primero que sentí fue embole porque “podía robarme mi cumple”. Pero cuando estaba por nacer lo retenía en mi panza y ya no tenía que ver con eso, sino con que me había enamorado del estar preñada y de que sea solo mío. Pero tenía que nacer y pasó el día exacto de la FPP, porque así soy, de esquemática diría mi pareja, de loca diría yo misma, de controladora diría mi psicólogo.


Llegó Facundo, ese diciembre, tres días después de mi día, y me dí cuenta que me iba a pasar el resto de mis propios cumpleaños planeando los de él, y que capaz hubiera sido mejor que naciera el mismo día y lo festejábamos juntos. Pero no, estaba bien así, porque una vez que estuvo afuera supe al toque -al toque estuve en todos los lugares comunes, diríamos-, supe al toque que le regalo todo: mi cumple incluido, no me importa nada.


Hoy me hace bien que diciembre explote en fechas demandantes. Es estresante lo de tanta cosa junta, pero… acumularé todo lo que pueda en ese mes que declaro el más bonito, porque me gusta eso de agudizar las contradicciones (sic). Y aparte tuve un hijo en diciembre, y es argento, para comprarle su regalo con el aguinaldo que Perón nos dió.


Me rebelo contra los que hacen de ciertas fechas un momento de conteo de muertos para sentirse mal, pienso que se extraña siempre y qué necesidad de arruinar comilonas. Me rebelo en contra de los militantes antifuegosartificiales, pues que se preocupen por las contaminaciones mineras y que liberen a sus perros en jaurías de praderas salvajes si no les va la joda humana.


Voy a compartirle algo, un secreto, lector: si busco otro pibe voy a hacer todo para que la FPP sea en diciembre. Loca. 
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