viernes, 6 de marzo de 2015

#pócimamágica: historia y fórmula del té del puerperio

Al fin, revelaré la fórmula, lo debía

Anoche hablaba con una compañera, compañera en lo del desahogo público, nos respondíamos en los comentarios de uno de sus post. Al pie del mismo ella había escrito: no vengan con comentarios zen que los mando a la mierda -traducido-. A mí, a veces, me sale la #zenpelotuda, pero es por ayudar no por hacerme la superada. Pensando en que decirle a una #madrealborde, concluí: ya fue, la mando a que se drogue. Todo natural, todo legal, por la teta.


Y dar la teta no tiene que ver con eso de: es bueno para el bebé, sacrifícate, mujer, te lo buscaste. No! Si fuera así odiaríamos a nuestros hijos más que por solo esos instantes que son tan dolorosos. Dar la teta fue para mí, cuando todo se nubló en el puerperio, el momento en que podía respirar.

Y me pintó recordar.

Fueron días tan largos, tan. El padre salía muy temprano, lo volvería a ver a la noche tarde. En el medio horas sola, con el crío aún como una extensión. Mañanas nerviosas, culposas, robando un minuto más de sueño con el bebé encima, haciéndolo tetear medio obligado para que se duerma un ratito más, no quería levantarme/levantarnos.

Luego prepararme/prepararnos, más nerviosa aún de que tuviéramos que atravesar toda la ciudad que sentía sucia y peligrosa para nosotros. Venían las horas de dejarlo en manos de extraños, eran los días de la adaptación a la guardería con solo siete meses. 

Transportes públicos. Presionarlo para que tome la teta porque en mi ausencia no aceptaría alimentos -él era el fiel- y dejarlo con hambre porque conmigo en modo #madrealborde no quería tomar. Dárselo a esas brujas de maestras que me decían que le dé menos teta y menos upa porque me veían cargarlo en el fular. Llantos. Dar la espalda. Tratar, sin lograr, no mirar atrás. Pisar mi trabajo con la sensación de que me habían arrancado algo que estaba entre el pecho y la garganta, iba a vomitar del dolor de no sé que, la presión se bajaba, dolor de panza. Llamados desesperados. Que seguía llorando, me decían. Contar los minutos. Correr a retirarlo. Para dar la teta desesperada yo y desesperado él, iba desvistiéndome en la escalera para que apenas me lo pasaran enchufarlo/enchufarme. Aaaaaaaaaaaa! quería morir así, en ese sillón rojo del pasillo de lactantes en el que nos uníamos. 

Así un mes. Todo cada vez más oscuro. Sumando días de fiebre y mocos. Hasta que de la guardia de un Hospital, después de haberme quedado semisorda, le hice entender por teléfono al #ponelemarido: que no es que lo quería volver loco, y menos a mí misma! Pero que me tirara una soga porque no podía salir al mundo, y ya no era una metáfora, me quedaría por siempre en ese baño, afuera había personas que de una u otra manera me atenderían. El miedo no me permitía caminar -bueno, era escuchar, pero se acercaba-, mi cuerpo me decía stop. Que me creyera, le supliqué, esto no lo manejaba. Y que si no me creía igual vaya a buscar al crío a la guarde porque yo no iría a ningún lado, ahí me escuchó porque nunca pedía ayuda en ese plano.

Quizás hubiera renegado como otras veces, pero a su lado se encontraba su jefe -que estudió psicología- y le dijo: que llame a este tipo y la ataje a tiempo. Eso, creo, le hizo tomarse un taxi en mi búsqueda más que mis lamentos, claro. No lo culpo: había que fumarme por esos días.

Cuando llegó a buscarme yo había obtenido dos cosas en dos guardias distintas. Primero que un clínico -quien desde ese día es mi médico de cabecera por copado y por hacerme caso- me había dado una receta de rivotril e indicado como tomarlo. Lo segundo lo cuento más abajo.  

Entonces lloré en el cordón de la vereda con la receta entre las manos porque tendría que dejar de dar la teta. Pero lo tenía decidido. El crío necesitaba otra madre -pensaba-, no una mujer desencajada que no podía consigo misma. Lo tomaría, armaría el vínculo desde otro lugar, lo había decidido. Necesitaba que me ayuden desde afuera, se metían entre nosotros por mi culpa, pero admitía que no tenía otra. El mundo era una olla a presión. 

El #ponelemarido me dió el número que le había pasado su jefe. Marqué. Me atendió él: hola, dijo, y sentí que llegaba a un lugar. Había probado hacer terapia muchas veces, sabía por definición teórica que lo mío era el psicoanálisis -porque con las alternativas me salía una incrédula de adentro-, pero tampoco lograba enganchar con ningún psicoanalista. Y apareció él, mi #salvavidaalmar, y quizás porque había tocado fondo, pero ¡cómo fluyó todo!

Hacé lo que quieras con la receta, mas comprá el remedio y tenelo con vos, pero antes vas a probar ésto. 
Quino,
siempre Quino.
No me preguntó, ordenó: ¡gracias! Sentí. Soy siempre la que ordena, ahora necesito que lo hagan por mí.
Vas a cualquier naturista y pedís:
- pasiflora
- valeriana
- melisa
- manzanilla
- tilo
- pasionaria
- marcela
mezclás cantidades iguales,
ponés unas dos cucharadas grandes colmadas por taza,
y te haces un té, bien oscuro, tomalo.
Nos vemos en 48 horas.

Lo hubiera podido deducir, pero necesité que me lo digan. Que me lo diga. Cuando llegué a su puerta estaba un tach mejor. Aún no escuchaba genial y me quedaba casi un mes de tratamiento de corticoides. Acá viene la segunda cosa que conseguí en aquella guardia. Bajo presión, por mi disposición a acampar allí, me administraron un tratamiento. Ante mi insistencia de: la hipoacusia súbita a veces se producen por derrames y si se dan corticoides dentro de las 72horas inmediatas es factible revertirla, lo leí en google!!!! Así logré la medicación para ese temita. Ya sabía que me hablarían de la sordera histérica, pero por las dudas quería cubrir todos los frentes.

Bueno, ahí la historia del té que me ayudó a sobrevivir el puerperio. Empecé a descansar en tramos cortos pero de calidad. Y en lo que respecta al psicólogo #salvavidaalmar aún me regalo ese espacio cada martes. Con éstos remos y otros fui intentando pasar de esa tormenta a éste futuro que parecía que no llegaba más. Y en el futuro había días peores que esos. Y después me ví desmenuzando historias bien anteriores a la maternidad, porque no es que a cualquiera se le “pianta el moño” por tener un bebé, a mí sí. ¿Por qué? Aún me tomo un té cada noche que me lo pregunto.




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2 comentarios:

  1. Ay mamita! leyendote sentí ese nudo en la panza. ese dolor, esa desesperacion, esa angustia que tan bien describis. Gracias por el aguante! gracias por tus palabras. mi salvavidas fue el blog y las maravillosas personas que me leen y acompanian. :)

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    Respuestas
    1. Angeles, yo también encontré en ustedes mucho!!!
      Un abrazo fuertísimo.

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