miércoles, 15 de abril de 2015

Confesión

Tengo un alto grado de neurosis. Alto. Me da por el orden. Es eso.

Me asombra, me alegra, me entristece, darme cuenta que muchos amigos -hasta a los que llegan a ser íntimos les pasa al comienzo- no lo notan. Cuando se los digo -si no lo hago tengo la idea de que se alejarán al darse cuenta- empiezan a verlo y dicen: ahhh, pero mucho.

Si, mucho muy neura. Al conocer casa se escucha: qué ordenada! Hablan de la casa, no de “ella”. No ven problema, parece lo contrario. Les puede pasar por años. O soy grosa encubriéndolo, o ya pegué la vuelta y lo encubre la naturalidad.

Más de uno creerá que en mi treitena y como madre burguesa exploto a la persona que labura en casa. No, chicos. Cuando T llega a las 15, no se cómo, no se por qué, pero hace horas que me levanté y entre desayuno, compras, cocina, almuerzo, hice otras cincuenta cosas en la casa, no es chiste.

El arreglo con T es que ella cuida al niño y nos cocina. Si le queda tiempo -ya que el crío está durmiendo cerca de tres horas de las seis que ella está- ayuda con el resto de las cosas de la casa. Igual, yo nunca paro.

Y no termina ahí, es más grave aún. En casa labura otra persona además de T. Ya sé están pensando que soy rica y esclavizadora. Voy a contar esa historia también. Nosotros sin hijo teníamos a mi neurosis, pero como también somos vagos, la limpieza posta -no el orden posta, que solo un ser en el mundo puede lograr: yo-, la hacía R. R nos ayuda hace años y viene un día a la semana.

Al ponelemarido se le prendió la lamparita cuando al cerrar con la niñera (T) estuve a minutos de decirle a R que no viniera más. Él me dijo: por qué no arreglás con la niñera de de lunes a jueves y que los viernes siga R, avisale que le sumamos al pibe. Gran idea, es una de las cosas que le voy a agradecer de por vida.

Arreglamos con R que relaje con la casa y priorice al crío, pero la cosa es que el chico la ama y ella es tan mágica como siempre con la casa. No se como decirlo. Mágica es una buena palabra. R es el complemento de mi neurosis. Ella hace lo profundo y yo redecoro la cáscara sin poder parar. Cuando ella no estaba yo laburaba en la cáscara sabiendo que detrás/debajo/además estaba algo mal, y la neurosis era más sufrida. La amo. No es formalismo. No es utilitarismo. Lo escribo aquí que no lo lee. Nunca sé como decirle que la adoro.

Bueno: R, T y neura. Tres mano de obra para un departamento de tres ambientes. Y parece un nunca acabar. El otro día tuve la siguiente pesadilla: Buenos Aires había sido azotada terriblemente por un terremoto, yo había caminado durante horas para volver a mi hogar, el barrio estaba destruido, mi edificio no, pero al entrar en la casa no había nadie. Lograba saber por un vecino que mi hijo estaba bien y emigraba junto a la niñera hacia Canadá (?). Entraba al departamento, armaba una mochila procurando no desordenar nada -recordemos que alrededor no quedaba nada en pie- y me sentaba en la vereda a llorar. Estaba desesperada porque no sabía como encontraría a mi familia, y de repente surgía en mi el sentimiento: de que mi orden ya no tenía sentido en ese mundo. Una mezcla entre sentir la inutilidad de tanto ordenar para que pasara esto y aumento de la desesperación porque todo era un gran desorden. Mientras hacía dedo para migrar a recuperar a mi hijo pensaba que cuando lo encontrara armaríamos otra casa ordenada.

Casi dos años de psicoanálisis pueden ser nada. Todavía ni siquiera llegamos a ningún pasado culpable. Estamos en la metáfora de que construyo incansablemente un dique, me asusta cuando me dice que puede que esté vacío.


 


Fotos: La obsesión por el orden
del fotógrafo Ursus Wehrli


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