sábado, 24 de octubre de 2015

"Hombres..." (Si, voy a decir: "hombres..." con puntos suspensivos y tono de maestra ciruela)

Cuento que recuerdo el puerperio como un paréntesis en el tiempo y una época gris, linda, pero gris. Él me contradice, asegura que como me choqué tan mal con el mundo cuando me tocó salir de mi madriguera en realidad era adentro donde me quería quedar, y que no entiende eso de: gris y lindo a la vez.

Aclaro que quería quedarme y salir, que era feliz y no-feliz, que todo pasaba junto “ahí adentro”; me mira con cara de: estás diciendo pavadas. Reflota eso de: cuán afortunada eras por poder no trabajar todos aquellos meses, mientras el padre no tenía alternativa.

Y aparte él dice, explícitamente, que recuerdo que era gris porque nunca abría las persianas, que yo provocaba/construía la no-luz. Le digo que es un bruto, que no se trata de las ventanas y que en todo caso por algo no las abría; aunque le confieso que no recuerdo el sol aquellos meses, quizás tenga razón y era mi culpa -me aparece la idea mientras discuto-...

Entonces voy masticando lo de que no había sol por mi culpa porque mantenía cerradas las persianas, me justifico pensando en que los primeros meses del bebé eran los peores del verano y ese verano el peor en los últimos treinta años. De repente esa conversación me devolvía a pensarme puérpera y en oposición a “un estar” de este momento.

Anoche me ponía crema y me miraba al espejo con un sabor amargo ante la acusación: es que no abrías las persianas. Y sentí cómo brotaban las respuestas, las que siempre parecen tarde: ese verano cualquiera se calcinaba si entraba sol antes de las siete de la tarde, claro, vos estabas en una oficina con aire acondicionado desde muy temprano; y cuando al atardecer entreabría las ventanas la brisa me parecía un viento que agredía a mi cría tan pequeña; y cuando llegabas de trabajar, ya de noche, decías que todo mal con el encierro y tomabas al bebé y lo llevabas al balcón: en ese momento me hacía frío a pesar de los cuarenta grados.

Y estás equivocado, porque lejos estuve de ser una princesa atendida en su nido. Diez días tenía el bebé cuando salimos por primera vez a la calle, solos. Lo cargué todos los días en las horas de sol menos agresivo, desde ese momento hasta hace un par de meses que se rompió el cochecito y ya me pesa mucho. Si, paseábamos al sol, pero no lo recuerdo. Entonces lo que estoy diciendo otra cosa. Hombres...
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