martes, 16 de agosto de 2016

La vida misma

Le dije que me espere e íbamos juntos, me contestó que mejor nos veíamos allá. Pero si yo hago todo hace diez así -con él o notificándolo-. Claro, desde "ésto" en adelante no. Sentí que me terminaban de soltar la mano. Tomé el tren con una piedra en el pecho que cada vez pesaba más, y más, y más. Pero no tenía miedo. La ansiedad había dado lugar a una inercia que desconocía. Caminá, no hay nada más por hacer.

Cuando firmara el contrato y me dieran las llaves se suponía que tenía que ser el momento más duro y raro, esos en los que parece que estás en una película, siempre me pasa así los días esperados con ansiedad -y más si es de la muy mala-. Pero no. Lo sentí más real que todo el último tiempo, ya no recuerdo cuanto... Semanas. Meses. No sé. Quizás este escondiéndome que son demasiados años para mi relativamente corta edad. En el desenlace de ese "último tiempo" me inundó varias veces la sensación de tiempo perdido.

Bajé de ese estudio en la calle Neuquén. Bajamos. Él al lado y no a mi lado como "siempre". Me preguntó si estaba contenta. Lo odie, pero no con la misma intensidad de esos odios relámpagos que te dan por tu amor. Fue un odio más sereno, menos intenso. Me preocupó.

Vinimos por separado y al salir caminamos unas cuadras juntos y cada uno siguió con su rutina. Crucé Plaza Flores con las llaves nuevas en la mano, el invierno se está calmando, pensé. El tipo con el que firmé el alquiler, el dueño, me había preguntado por mi trabajo, por la antigüedad en el mismo. La idea de que el invierno estaba por terminar y esa pregunta se unieron en mi cerebro. Me dí cuenta de que hace diez años de todo. De todo.

Hace diez años que conocí a Juan. Diez años que empecé a trabajar allí, digamos, de que me independicé. Diez años hace de que se murió Osvaldo.

Por fin una ola de alivio. No había perdido el tiempo y perderlo sería decidir no cambiar nada ahora que me sentía tan acorralada. Quedarme allí, inmóvil, como traté por un rato cuando el miedo me paralizó, eso sería derroche. Apreté las llaves hasta que me hacían doler. No había perdido al tiempo. Apenas si empezaba a sentirme mujer y ya sabía, capaz, algunas pocas cosas. 

Tres años había estado criando al niño, como me salió, pero había estado. Otro año había estado entre buscando y horneando a un ser humano. Ya eran casi cuatro. También había probado media docena de carreras de ciencias sociales, varias funciones laborales y sido delegada gremial. Había hecho muchos amigos, leído algunos libros, pensado mi historia, militado, acompañado un gran proceso político en mi país, adquirido un oficio, psicoanalizado, transformado todo mi sentido estético, y había amado. A mis formas de neurótica importante, pero había amado. Había querido al punto de negaciones, perdones, redefiniciones -impensables antes para mí y transformadoras- y recontratado. Había afrontado mil procesos internos y externos, y bien acompañada. Pasara lo que pasara con el vínculo más importante construido en mi adultez sabía que había tenido un gran compañero. Y por último, sólo tenía la impresión, esos diez años me habían llevado a conocerme algo más. Sólo algo.

Si, Juan, mi amor, tenía razón: estaba contenta no del hecho, y sí de animarme.

Sonó el celular. Era un mensaje del dueño del departamento, decía: Soy Osvaldo cualquier cosa que necesites avisame.

Nunca había reparado en como se llamaba. No soy supersticiosa pero en medio de las tormentas muchas veces la superstición es el único puente a una misma. Ya me pasó varias veces que un disparador irracional me muestra el senderito al eje, a la tranquilidad. Y entonces pensé: es una señal. 

Hacía muchos días que no tenía esperanzas de ningún tipo, solo ansiedades, miedos, inercias desesperantes, ganas de huir, ganas de quedarme inmóvil por siempre, compulsión consumista, y se me había ido el puto hambre, ¡a mí! que lo que más amo es comer. Pero ahí estaba: la esperanza, que como decía Cortázar, ese sentimiento que aunque nuestro pareciera ser el único que no nos pertenece porque es la vida misma defendiéndose. 

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