domingo, 20 de noviembre de 2016

#terapiaponele

Hace casi cuatro años llegué al psicoanálisis como quien encuentra una verdad tan evidente.
El primero era freudiano a ultranza, cuarenta años de terapeuta encima, los cuarenta minutos de la sesión los marcaba su cuerpo entero. Lo llamé salvavidasalmar; en un momento el amor acabó y quería huir de las sesiones, estaba así cuando lo vi cabecear y entonces tomé valor para con una escusa económica terminar con el espacio. Funcionó unos dos años.  Iba a buscar tranquilidad, me serenaban esas sesiones, me sentía contenida,  el chabón me apaciguaba, y así fui destapando cosas cuando estaba lista. Vengo por un motivo pelotudo, me calmo, con esa calma voy a revolver mierda, poquita, vuelvo a calmarme, voy a revolver. Parece que hacía eso.
El del capítulo dos me estresa, no me calma. Odio ir a sus sesiones, nunca me quiero ir de ellas. Este es muy particular, siempre usa el chiste de que “No verás en la puerta de terapia una moto, salvo que sea del analista”, para luego agregar, “Igual conozco a cada motociclista que necesita terapia, todos”. Es el antiterapeuta hecho terapeuta. La moto tiene nombre, él es pelado con una barba fina y muy larga que se toca de diferentes maneras, estoy tan ensimismada que aún no deculo en qué momentos. Lo último que parece la primera vez que lo ves es un lacaniano, en terapia tampoco, y lo es. Apaga el reloj en la sesión.
Me dio la tarea de perderme en la ciudad, de hacer cosas por placer que salgan de los rituales. No puedo hacerle caso estricto, creo que no ve que el cuadro no es tan grave y que puedo hacer cosas por placer, igual lo que si no puedo es soportar la sensación de a la deriva. Muchas veces le digo: es que hice esto, y abre los ojos como dos platos, no se las espera, cree que no puedo. Es chicanero, provocador y eso creo que tiene que ver con los últimos movimientos fuertes en mi vida. Como también creo que necesité un marco de contención con mi primer freudiano.
Ahora que le cuento: que me cruzo a mi misma en una sala de cine vacía, que me escribo en los bares de noche, que trabajo soltar con esfuerzos conscientes, que quiero que hablemos del cuerpo, que busco la angustia para que no asome sin aviso. Me veo tan lejos de pensar en la terapia como, según decía, “solo un café con uno mismo”; ahora imagino procesos donde otras personas acompañan para que las palabras suenen y con testigos no se pierdan. Es un hecho social, se me ocurre. 



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